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jueves, 6 de octubre de 2016

Mi Vida Lectora Parte I: Libros de mi infancia




Con motivo de mi cumpleaños voy a publicar una entrada especial: voy a hacer un recorrido por los libros más importantes de mi vida lectora. En esta primera parte os enseñaré los libros que recuerdo con más cariño de mi infancia y que me convirtieron en una gran lectora.



Ah, la infancia. Aquello sí que eran buenos tiempos, y si venían acompañados de libros geniales, mejor que mejor. La verdad es que no recuerdo cuál fue el primer libro que leí, pues la memoria no me llega a tanto. 

Sin embargo, el primer libro que tengo constancia de haber leído es “La amiga más amiga de la hormiga Miga”, de Emili Teixidor, de, como casi todo lo que leía por aquel entonces, “El barco de vapor”. Un título simpaticote, y del que no recuerdo mucho, por no decir nada. A ver, la hormiga Miga era una hormiga muy maja, con ansias de ver mundo, que se cansó de ir siempre en fila con sus compañeras y decidió irse de aventuras. En su camino se cruzó con muchos animalitos, como la mariquita Quita, el lagarto Harto, el escarabajo Bajo, la langosta Angosta, la oruga Arruga, la mosca Hosca, el gusano Sano, el ruiseñor Señor, la gallina Lina, el lobo Bobo, el oso Soso y su primo, el oso Ingenioso, y por supuesto, la mejor amiga de la hormiga Miga, la jirafa Rafa. Vale, en mi rápida relectura buscando estos nombrecillos tan graciosos ya recuerdo lo que pretendía la hormiga: subirse a la cabeza de la jirafa Rafa para ver el mundo desde su perspectiva, y los demás le ayudaban a conseguirlo. Ay, qué monada.



Lo que sí que recuerdo es cuál era mi libro favorito, “Antonio Juan y el Invisible”, de Klaus-Peter Wolf. Antonio Juan era un niño normal, que vivía con sus padres, iba a clase y esas cosas. Pero tenía una particularidad: le acompañaba un invisible. Imaginaos el susto del pobre Antonio Juan cuando estaba en su cuarto esperando a que lo llamaran para comer y una voz empezó a hablarle… así se presentó el Invisible, y desde ese momento no lo dejó en paz. No paraba de molestarle, chincharle y meterle en líos. Era un cargante, pero muy divertido. Por supuesto, siempre se atribuía la culpa de todas sus trastadas a Antonio Juan, porque claro, el otro era invisible y nadie podía verlo. Las frases del Invisible aparecían en azul en el libro, y de hecho había más partes de “Antonio Juan y el Invisible”. En una de ellas Antonio Juan intentó lanzarle un cubo de pintura por encima al Invisible para poder verlo… fracasó en el intento, claro, y armó una buena. Un libro muy divertido.



Sin duda, unos de los que recuerdo con más cariño son “Los batautos” y “Más batautos”, de Consuelo Armijo. No os hacéis una idea de lo que me reí con estos. Los batautos eran unos seres pequeños, verdes, y como dice la autora, con orejas (puntiagudas) al principio de la cabeza y pies al final del cuerpo. Vivían en su propio pueblecito, y eran la mar de divertidos. Cada capítulo era un episodio de las diferentes aventuras que vivían. Los protagonistas principales de estas historias solían ser los batautos Peluso y Buu, pero había otros secundarios que eran geniales, como Gusi, un batauto muy torpe que siempre  estaba cayéndose, Erito, que estaba siempre gruñendo y de mal humor, y el mejor de todos, Don Ron, que se nombraba a sí mismo el rey de todos los batautos, llamaba a su casa palacio y estaba loco de remate. Pero como una cabra, en serio. Las historias eran realmente entrañables y graciosas.



En esta lista de libros de mi infancia no puede faltar “La sopera y el cazo”, del genial Michael Ende. Sí, sí, el de “La historia interminable”. Personalmente considero este libro una pequeña joya, tan recomendable para niños como para adultos.  Una montaña separaba dos reinos, a los que se llamaban simplemente reino izquierdo y reino derecho. Ambos reinos tenían rey y reina, Camuflo y Camelina por un lado, y su hija Praliné, y Pantuflo y Pantina por otro, con su hijo Tafilín. Ambos reinos se ignoraban entre sí y cometieron el mismo error: olvidaron invitar a una hada tataraprima llamada Serpentina Cascarrabias a los bautizos de los niños. Al más puro estilo Maléfica, a dicha hada no le hizo mucha gracia esto, y decidió fastidiar un poquito a ambos: a un reino les regaló una sopera que tenía un cazo pintado, en el que de nuevo se veía pintada una sopera, que a su vez tenía otro cazo más pequeño,  y así hasta que ya no se veían. Al otro reino le regaló un cazo que tenía pintada una sopera, que tenía pintado un cazo, que a su vez tenía pintada una sopera, y así sucesivamente. 


Y a ambos reinos dijo lo mismo: si el cazo se introducía en la sopera, ésta se llenaría con la sopa más deliciosa y nutritiva jamás vista. Ambos reinos empiezaron a buscar como locos unos la sopera y otros el cazo, y cuando se enteraron de que su codiciado objeto lo tenía el reino de al lado empiezaron a odiarse entre ellos, cada vez más, hasta llegar a la guerra. Por suerte, los hijos de ambos reinos eran más sociables que sus padres… Lo dicho, una pequeña joya.



Uno que releí mil veces fue “La maravillosa medicina de Jorge”, de Roald Dahl. Jorge era un muchachito que vivía en una granja con sus padres y su abuela. Su abuela era una vieja gruñona y desagradable, cuyo pasatiempo favorito era regañar y asustar a Jorge. Un día, Jorge decidió darle una pequeña lección a su abuela, y le sustituyó su medicina habitual por una que fabricó él mismo. Jorge recorrió cada habitación de la casa y la granja vertiendo todo aquello que fuera líquido, pastoso, cremoso o gelatinoso a una enorme cacerola, desde tubos enteros de pasta de dientes, cremas, perfumes, espumas, polvos antipulgas o betún hasta aceite del coche. Se pasaba medio libro echando cosas a la cacerola. Y claro, los efectos que esta mágica medicina tenían sobre la abuela eran de lo más inusuales. Desternillante.



Por último, tengo que recordar los libros de Tinka y Lisa, especialmente “Dos enemigas de primera”, de Thomas Brezina. Tinka y Lisa eran compañeras de clase, y se llevaban a matar. El día en que el padre de Lisa y la madre de Tinka decidieron casarse fue como una pesadilla para ambas. Pero poco después conocieron a una anciana que vivía en una extraña casa, y que resultaba ser una bruja. Por supuesto, lo que ellas no se imaginaban es que la viejecita las había atraído a su casa porque ellas eran brujas también. Muy chulo.



Hasta aquí la parte I de mi vida lectora. Próximamente os traeré la parte II, en la que os contaré cuáles fueron los libros más importantes de mi adolescencia.


10 comentarios

  1. Te puedes creer que no conocía ninguno de estos libros?. Jejeje.
    Entrada curiosa e interesante :)
    Un besazo!.

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    1. No me extraña, hay tantos libros infantiles... Me alegra que te guste la entrada, un beso! :)

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  2. Hola, me ha gustado mucho esta entrada, me despierta cierta añoranza. Aunque no leí ninguno de los libros que mencionas me ha traído a la memoria mis primeras lecturas y los recuerdos que de ellas tengo. Gracias.
    Un saludo.

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    1. Me alegra que esta entrada haya despertado esa añoranza :)
      ¡Un saludo!

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  3. Preciosa entrada....cualquiera desearia tener niños pequeños para recomendarle estos libros.

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  4. Hola acabo de pasar por aquí y me encontré tu blog, yo hace poco hice el mio sería genial que nos pudiéramos seguir,yo ya te sigo tw dejo el mío, saludos http://laslecturasdemagnusbane.blogspot.mx/2016/10/resena-la-peor-senora-del-mundo.html

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  5. Yo también pude disfrutar de las aventuras de Antonio Juan y el Invisible, y aunque completé la colección, es al primer libro al que le tengo más aprecio. ¡Me ha encantado que lo recomiendes!

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    1. Yo leí el primero y otro en el que iban al zoo, creo. Me encantaba. ¡Muchas gracias por pasar! Un beso muy grande ;)

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- Oye, Todd, esta persona ha leído la entrada y no ha publicado ningún comentario.
- Espera un poco, Tedd. Dale tiempo para que pueda escribirlo.
- No escribe nada, Todd. Que le haya gustado y no nos lo diga me pone de mal humor.
- Tranquilízate, Tedd. No es bueno para tu salud que te estreses.

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